FICHTE: LA VIDA BIENAVENTURADA (2)

“Ahí donde todavía no se ha llegado a la vida verdadera, este anhelo no deja de sentirse en lo más íntimo, pero no se comprende. Todos quieren ser felices, serenos, satisfechos de su situación, pero no saben dónde encontrarán esta felicidad. Qué es aquello que propiamente aman y pretenden, no lo comprenden. Piensan que tendrá que encontrarse en aquello que les sale inmediatamente a sus sentidos y se les ofrece en el mundo; no habiendo presente para el acuerdo espiritual en que se encuentran otra cosa más que el mundo. Valientemente se lanzan a esta caza de la felicidad, apropiándose íntimamente y entregándose amorosamente al primer objeto que les gusta y que promete satisfacer su impulso. Pero en cuanto se vuelven a sí mismos y se preguntan: ¿soy feliz?, se les responde precipitadamente desde lo más profundo de su corazón: oh no, estás todavía más vacío y necesitado que antes. Con lo cual piensan que se han equivocado meramente en la elección del objeto, y se lanzan a otro. Pero éste les satisfará tan poco como el primero: no les satisfará ningún objeto que hay bajo el sol o la luna. ¿Querríamos nosotros que les satisficiera alguno? Justamente eso, que nada finito y caduco les pueda satisfacer, es el único lazo con que aún siguen vinculados a lo eterno y permanecen en la existencia. Si encontraran un objeto finito que les satisficiera plenamente, entonces quedarían precisamente por ello arrancados irremediablemente de la divinidad, y arrojados a la muerte eterna del no-ser”.

…/…

“Quizá renuncien también a la satisfacción para esta vida terrena, pero mantienen por una tradición llegada hasta nosotros una exhortación a la bienaventuranza al otro lado de la tumba. ¡En qué lamentable confusión se encuentran¡ Con toda certeza les aguarda la bienaventuranza al otro lado de la tumba a aquellos para quienes ha comenzado ya en éste, y no de otro modo ni manera más que tal como puede comenzar en cualquier momento. Por el mero dejarse enterrar no se llega a la bienaventuranza. Y en vano buscarán en la vida futura y en la serie indefinida de vidas futuras si la buscan en algo que no sea lo que ya aquí les rodea tan próximamente que en toda la eternidad no se les puede acercar más: en lo eterno. Y así se equivoca el pobre buscador de la eternidad, arrancado de su hogar paterno, siempre rodeado de su herencia celestial, a la que sólo teme extender su tímida mano, mientras en vano se esfuerza en construir en el desierto. Por fortuna, el pronto hundimiento de cada una de sus chozas le recuerda que jamás encontrará la paz y el reposo sino en la casa de su padre”.

…/…

“Ante todo no debería seriamente y en el sentido propio de la palabra atribuirse la vida y la bienaventuranza a nadie que no sea consciente de sí mismo. Toda vida presupone por tanto la autoconciencia, y la autoconciencia es la única capaz de comprender la vida y de transformarla en un objeto de gozo.

Por tanto, la vida verdadera y su bienaventuranza consisten en la unión con lo invariable y eterno. Pero lo eterno única y exclusivamente puede ser alcanzado con el pensamiento, y como tal no nos es accesible de otra manera. Lo uno e invariable se concibe como el fundamento explicativo de nosotros mismos y del mundo”…/… “Y de este modo la vida verdadera y su bienaventuranza consisten en el pensamiento, es decir, en una cierta visión determinada de nosotros mismos y del mundo como procediendo de la esencia divina interior y en sí misma oculta. Y entonces una doctrina de la bienaventuranza no puede ser sino una doctrina del saber, no habiendo otra doctrina más que la doctrina del saber. La vida reposa en el espíritu, en la vitalidad fundada en sí misma del pensamiento, ya que fuera del espíritu no existe nada verdaderamente. Vivir verdaderamente significa pensar verdaderamente y conocer la verdad”.

¿Dónde debería si no tener su elemento la vida y su bienaventuranza, si no la tuviera en el pensar? “…/… “Pero ¿cómo podría un sentimiento, que como tal sentimiento depende en su esencia de una coacción, garantizar su persistencia eterna e inalterable? ¿Cómo podríamos nosotros, con la oscuridad que por el mismo motivo trae consigo el sentimiento, contemplar y gozar eternamente esta persistencia inalterable? No. Sólo la llama del claro conocimiento que se traspasa completamente a sí misma y que posee libremente todo su interior garantiza, mediante esta claridad, su persistencia eterna”…/… “Pero nadie que no abrace amorosamente a la divinidad en un claro concepto se elevará a la verdadera virtud, al actuar auténticamente divino, que genera en el mundo la verdad y el bien desde la nada. Pero quien la ha abarcado de esta forma no podrá actuar de otra forma sin todo su agradecimiento y su querer”.

…/…

“Me he propuesto mostrar el medio y el camino por donde esta vida bienaventurada viene y se trae a sí. Esta exhortación se puede comprender en una única advertencia: no le está concedido al hombre procurarse a sí mismo la eternidad, de lo cual él jamás sería capaz. La eternidad está en él, y le rodea sin interrupción. El hombre sólo debe salirse de lo caduco y vacío, con lo que la eternidad jamás puede unirse, y con esto la eternidad, con toda su bienaventuranza, le vendrá en el acto. Nosotros no podemos procurarnos la bienaventuranza, pero somos capaces de despojarnos de nuestra miseria, y en el acto la bienaventuranza por sí misma ocupará su lugar. La bienaventuranza, como hemos visto, es reposo y persistencia en lo uno. La miseria es estar disperso sobre lo múltiple y plural. Y entonces el movimiento del hacerse bienaventurado (Seligwerden) es el retorno de nuestro amor desde lo plural a lo uno.

Lo disperso sobre la pluralidad está discurrido, vertido y derramado como el agua. Por la lascivia de amar esto, y aquello, y cualquier cosa, no ama nada. Y porque en todas partes quiere sentirse como en su casa, jamás está en ella. Esta dispersión en nuestra naturaleza (Natur), y nacemos en ella. Por este motivo el retorno del espíritu a lo uno, (…), aparece como un reconocimiento del espíritu profundo, este estricto recogimiento del espíritu y esta vuelta a sí mismo es la única condición bajo la cual puede venir a nosotros la vida bienaventurada. Pero bajo esta condición viene a nosotros con toda certeza y sin falta.

Pero es verdad que por este retorno de nuestro espíritu desde lo visible los objetos de nuestra vida anterior se nos pierden y poco a poco desaparecen, hasta que los recuperamos embellecidos en el éter del nuevo mundo que se nos abre. Y que toda nuestra vida anterior muere hasta que la recibimos de nuevo como una leve concesión de la nueva vida que ha nacido en nosotros. Éste es el destino inevitable de la finitud; sólo a través de la muerte llega a la vida. Lo mortal tiene que morir, y nada queda liberado de la violencia de su esencia; muere continuamente en la vida aparente. Donde comienza la vida verdadera muere la muerte en la infinitud, en la única muerte, para siempre y para todos los que en la vida aparente aguardan la suya”.

La exhortación a la vida bienaventurada, Primera lección

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Publicado el 04/07/2011 en CONCIENCIA DIVINA, CONCIENCIA PURA, ESTADOS SUPERIORES DE CONCIENCIA, FICHTE, MEDITACIÓN, TEXTOS. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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